lunes, 30 de abril de 2007

fascinaciones lingüísticas

ECLÉCTICO... Ésa es mi palabra preferida.
¿Por qué me atacan esas fascinaciones lingüísticas?
¿Acaso no tengo suficiente con los diplococos voladores?
Esto es perfectamente normal.
Lo es.
Claro que sí.

miércoles, 25 de abril de 2007

Adicción fosfórica

A Alice le fascina encender fósforos (y no solamente cuando alguien expedió un hediondo gas). Siempre disfruto prendiéndolos. Soy fanática del olorcito que largan y del ruidito que hacen al encenderse (¡fffsshhh!). Me encantan los fósforos, ¡las cerillas! jaja... me encanta verlos quemarse. No es que disfrute de su dolor, porque en realidad sé que ellos están muy orgullosos de su labor.


No soy piromaníaca, creo que soy pirolúdica, me gusta jugar con los fósforos. Nunca prendí fuego nada (salvo una vez que se me prendió fuego una servilleta de papel e instintivamente traté de apagar el mini incendio tirándole otra servilleta de papel encima: malos reflejos).


Muchas cosas entretenidas se pueden hacer con ellos. Un juego muy conocido es el de encender uno y unirlo con otro por el extremo rojo. Se fusionan a la perfección. Y ahí es el mejor momento para hacer una pregunta y si el extremo sube al quemarse la respuesta es Sí y si baja es NO. No es un método muy veraz, pero es más económico que ir a dejarnos embaucar por una pitonisa.


Otra manera que encontré de divertirme con fósforos es tratar de agarrar el extremo que ya se quemó con mi mano libre para lograr que el fósforo quede todo carbonizado. De verdad es toda una hazaña. Atención, hay que tener cuidado porque muchas veces el carbón está caliente y ahí es cuando mi abuela no entiende por qué soy tan pelotuda para andar con 21 años jugando con fuego.


Pero también pueden armarse comunidades amantes de los fósforos y jugar a decir el mayor número de partes de un auto en el tiempo en que se extingue el fuego (y así se van eligiendo otras categorías como en el tutti frutti). No se trata solamente de lucidez mental, sino también de lograr que el fuego dure el mayor tiempo posible. ¡Vamos, no digan que no es emocionante!

Reactivo indicador


Aunque no les guste, la ciencia forma parte de mi vida. Si les gusta, mejor. Y si no, bienvenidos al club de los paranoicos ante la ciencia. No es que esté fanatizada por las cadenas de carbono, los escifozoarios o el aparato de Golgi... en realidad, simplemente me persiguen. "I see dead equations". ¡Muy creepy!

A veces entrecierro los ojos y veo cadenas de bacterias (¡¡estafilococos, diplococos!!). Si no las ven, entonces no sufren de esta triste paranoia. ¡Pero yo las veo de verdad, es cierto! Son como unas pelotitas encadenadas de color casi transparente (igual que se ven al microscopio la veo yo con mis ojos delirantes). Muchas veces me pasó de estar mutando en un largo viaje de carretera con el sol en mi cara y tener esos encuentros cercanos. Decí que sé que el yogur está hecho de bacterias, si no... iría al baño cada dos minutos a lavarme mis manos y mis ojos contaminados por estos seres unicelulares nefastos.

A todo esta vida traumática se le suma un hecho que ocurrió en la noche de ayer: mi madre me llama al celular: "Alice, tu hermano (el niño que cursa cuarto año de liceo) está hace horas buscando información sobre qué son los reactivos indicadores, ¿vos tenés idea dónde lo puede conseguir?, porque en internet no encuentra nada..."

No se preocupen, aunque la Internet no da un espacio de expresión a los reactivos indicadores, seguramente el libro de química o mis carpetas de Química Práctico de 5to año tengan algo de información para socorrer a mi hermanillo menor.

Pero me gustaría saber qué hubieran hecho ustedes en el lugar de mi hermano (que el año pasado se llevó física, química y biología a examen). O sea, es un pobre indefenso luchando contra esa página en blanco imposible de llenar. Creo que podemos darle una mano, ¿no? No queremos que padezca mis delirios por este problema sin resolver.


TAREA DOMICILIARIA SOLIDARIA PARA MIS QUERIDOS AMIGOS DE LA COMUNIDAD BLOGGER:


1. ¿qué es un reactivo indicador?

2. ¿qué tipos de indicadores conoce?

3. ¿qué es el rango de viraje?


¡¡A volar la creatividad!! Y si no, cuéntenme con qué deliraron esta semana (también sirve para calmar mi neurosis ante la conciencia de mi paranoia).

viernes, 20 de abril de 2007

¡Vilipendio! ¡Flipendo!

¡Estamos rodeados por las brujas mccarthianas! No piensen que soy una delirante... el Poder Judicial me lo ha confirmado con su sentencia: hay gente que anda cometiendo "vilipendio de emblemas extranjeros". Y Omar lo televisó pa' todos los vecinos ante sus ojos impotentes sobre la bandera yanqui en llamas. Estamos rodeados de brujos y brujas que andan lanzando hechizos. Tenemos que salir a cazarlos.
¡Flipendo! Usualmente, Harry Potter usa este hechizo para mover cosas muy pesadas, como el peso de las instituciones en este conservador país de ascendencia Suizo-Americana. Parece que el tal Harry se convirtió en la figura de Jorgito Zabalza para mover un poco el panorama político, pero terminó bajo las garras de la demasiado independiente justicia.
¡Espelliarmus! Estas confusas relaciones entre el poder judicial y el ejecutivo nos confunden: nos sacan primero el pucho y ahora el encendedor. El contraataque de la "justicia" es bastante singular... los sediciosos quedan indefensos, pero el pueblo también. Basta de despojarnos del derecho a expresarnos libremente. Cuando no son las armas, son los símbolos los que duelen. Dejen que las juventudes se expresen como se les antoje. Me aburren esas alusiones a códigos internacionales. A ver si a algún yanqui le importó tirar el monumento de Saddam Hussein en Irak. Estas boludeces diplomáticas me exasperan.
Ta, basta, no me creo más esto de las brujerías. Eso sí: no creo en brujas, pero que las hay, las hay. Empiezo a dudar si todo esto de la caza de brujos sediciosos no es una gran máscara que cubre a las infames brujerías de esta judicialización de la política que venimos padeciendo en un gobierno de izquierda (how curious!).
¡Petrificus Totalus! Mujica nos deja un tanto petrificados con sus declaraciones... El ministro nos explica que la relación con EEUU se justifica en que "que uno salga un sábado de noche con una mina no quiere decir que se vaya a casar con ella", dejen que el pueblo vote por si la mina de 50 estrellas está buena de verdad. Tanto careteo no vale la pena. Al final de cuentas, es una one night stand, ¿no?

martes, 17 de abril de 2007

Ancestral ansiedad

Todo comienza con una infantil impaciencia, pero los delirios se incrementan cuando puedo identificar un preocupante síntoma: la contradicción razón-impulso. Es decir, el comienzo del diálogo interno entre mis yos: el estúpido y el inteligente. Adelanto: siempre gana el que empieza con E, pero tiene razón el que empieza con I. Los disparadores pueden ser múltiples...
- ¡Inteligente! ¡Puede que ya hayan respondido el mail que enviamos hace media hora! ¡Vamos a revisar correo!
- Smart guy, ¿habrá ya un nuevo comentario en el blog? ¡de seguro que sí!
Y así, un sinfín de obsesiones ridículas de lucha contra los hechos que batallan el estúpido optimista y el inteligente racionalista. Premonición/estadística: el Inteligente en el 99% de los casos tendrá razón.
- ¡Estúpido! ¿No te das cuenta de que los amigos de bedelía van a publicar el resultado del examen a última hora? ¿Por qué insistís en entrar a la página web a las 11 am?
Sin embargo, este asunto no es para nada divertido. La situación antipáticamente se repite durante todo el tiempo en cuestión y pocos contrataques hay para neutralizar al incesante Estúpido o al poco interesante Inteligente. El problema radica en que entre estas ilógicas disputas entre duendecillos internos estoy yo, la víctima de este proceso que me va volviendo loca: la ansiedad.
Llegó el momento de enfrentar el problema: soy Alice y por aquí en el mundo real no todo es tan Maravilloso. No es tan sencillo como parece. Dejar de comer un paquete de galletitas Lulú en cada desayuno es todo un desafío. De verdad he intentado subir las dosis de mateína, cafeína y teína sin resultado alguno más que cócteles explosivos que no hacen otra cosa que convertirme en una Speedy González de 1,78 metros de altura. El señor de la galera 10/6 no me había advertido sobre esto.
Definitivamente, la dieta del chicle es la que tiene menos riesgos. Sin embargo, detesto el sentimiento de vacío que deja el desenlace del antigusto artificioso a saliva y saborizante. Además, seamos sinceros: el asunto con el chicle es pura simulación.
Tampoco me funciona más aquello de morderme las uñas, que algún momento logré justificar como una forma de canalización. En verdad es un endemoniado instinto autodestructivo muy vicioso.
No se les ocurra recomendarme gimnasia para lograr ese "sentimiento de cansancio tan lleno de alivio". Ehh... para eso prefiero seguir enloqueciendo mis mandíbulas con el chicle. Aunque, pensándolo bien, saltar en una cama elástica parece ser un millón de veces más divertido.
No parece haber agotamiento. Cuando ya ni siquiera separar los M&M's por color, ni entrar a curiosear por los spaces de MSN parece ofrecer ayuda alguna, comienza la etapa del parloteo denso. No es recomendable acercarse. Peligro: mujer con cuerdas vocales enardecidas funcionando a velocidades cósmicas. La etapa de aceleración comunicativa es oral, así que no teman, ya que usualmente en esos casos tengo control de mi dactilografía.
Debo ser positiva. Al menos no tamborileo los dedos sobre una mesa, no me ahogo en una nube de humo cancerígeno, jamás recurro a los delatadores amansalocos, no tengo una diana con la foto de la Reina de Corazones... No estoy tan mal. Estoy segura de que todo esto es perfectamente normal.

lunes, 16 de abril de 2007

¡Pfff! Insulso turismo...

No, no tengo millones en el banco. Tampoco fui a los mejores colegios de Carrasco. Nunca jugué al hockey, ni me compro ropa en Magma todos los martes de mañana. A pesar de todo eso (que más que un pesar me significa un gran alivio), esta semana de turismo visité Cozumel, Jamaica, Grand Cayman Islands y Haiti.

Antes de que me pregunten por los próximos números del cinco de oro o por cómo conseguí tener el as de oros, permítanme decirles que ahora, ya de vuelta, poco sé de estos cuat
ro lugares que visité. No me envidien, de verdad; sólo conocí el sol, las playas y un crucero que apestaba a siliconas y trajes para la noche.

Claro que la pasé bien. La pasé tan bien como todo ser humano que disfruta de distanciarse de la rutina, pero que extraña horrores sus pequeños hábitos uruguayos, sus pequeños hábitos de alpargatas.

Muchos pensarán que soy una desagradecida: pues tienen todo su derecho a hacerlo. Yo sólo digo que irse en un viaje familiar puede ser una gran oportunidad, pero las negociaciones no entran en juego. El que invita da un repertorio de oportunidades, pero eso lamentablemente no es democracia para el resto del grupo viajero.

Por mi parte, hubiese preferido hablar con jamaiquinos y que me mostraran cómo cambió su país desde que en 1962 se independizó de Gran Bretaña, o que los "grancaimaneses" (¿? ¡ni el gentilicio volví sabiendo!) me contaran qué se siente aún ser colonia en el siglo XXI. ¿Y qué hay de los mejicanos? ¡Cuántas historias fronterizas podría haber conocido!... cuántas familias con permiso para separarse, pero no para legalizarse dejé de conocer. Fíjense que pisé Haití... ¡un país en guerra interna! ¿Y creen que ví alguna casa derruida? Paradójicamente, fue el país en el que sentí más paz.

¿Y qué me quedó del crucero? Nada, sólo cinco estrellas. Todas las comodidades y lujos del aislamiento: Llamadas al exterior a U$S50 por cada 3 minutos (de las que no hice uso, bien claro está), paseos a nadar con los delfines a U$S150 por persona (what the hell...!?!) y papas Pringles a U$S4 el tubo (está bien, sí: compré uno de cebolla, las más ricas). En definitiva: ¡para eso mejor quedarse en casa! Sí, claro, me bañé en las mejores playas del planeta, ¿pero a qué precio? Al precio del desconocimiento. Ése es el precio del turismo de clase fifí, donde la única preocupación es saber cómo se pone el chaleco salvavidas en caso del naufragio que jamás sucederá. Sí, en Grecia sí (algo de noticias del mundo me llegaron). ¿Será que los antiguos dioses están pidiendo un poco de atención?

viernes, 13 de abril de 2007

¡Injusta balanza, infiel!


Esto es sólo una historia que una vez escrita me permitió canalizar mi nostalgia de aquellos tiempos de bachillerato de Medicina. A veces me acuerdo de que también solía gustarme la ciencia. ¡Oh, añorado Mortimer! ¡Oh, inigualable Chang! (bellos y voluminosos libros de química). ¡Oh, malditas elecciones que uno debe tomar en la vida!

En honor a los buenos recuerdos, esto es para compartir con quienes creen que la ciencia también nos puede divertir (al menos con el humor de cada uno). Para los que no entienden un pomo también está apto. Para los que tengan ganas. Para ella. Para él. Atentamente, acá va:


¡Qué duros son los años!

Ciencias duras y eficiencia pura. Dicen que en un intento desesperado por no ser víctima del tiempo, cansada de productos prometedores de magia que no le hacían efecto y de sesiones de psicoanálisis que no lograban hacerla superar sus frustrantes 50 años de edad, una mujer encontró una solución casera en las cuadernolas liceales de sus hijos.
Te preguntarás si se trata de una historia real o ficticia… bueno, eso ya no es importante; con esa incertidumbre empiezan aún todas las publicidades de TV compras y sin embargo esta señora, como tantos otros, seguía sintonizada a la ilusión de volver a su dulce juventud.


Sin más preámbulos, toda su adicción a estos programas finalizó aquel domingo, cuando se le acabó el tarrito de baba de caracol, que no sólo no le había hecho efecto sino que además le había producido una ligera infección dérmica y urinaria. Después de un largo rato de zapping y unos minutos antes de ir resignada al gimnasio a chorrear años con cada abdominal, fue a controlar que su hijo menor hubiera terminado de estudiar para el escrito de ciencias físicas.
Como era de esperar, Francisco seguía lo más pancho inventando trencitos y sus respectivos compartimentos para ahorrarse el tiempo de estudio (eso lo heredó del padre). Fue entonces que su madre decidió por única vez sentarse a estudiar con él; una forma de evadir sus compromisos con sus partes flácidas. De esta reveladora manera, fue como se convirtió en una mujer de ciencia y dejó de creer en los mágicos productos y en las religiosas dietas y aeróbicos. Así encontró la fórmula para vencer al tiempo: lo haría con las armas de las exactas ciencias duras. Amén.


A decir verdad, ¿quién no hubiera pensado lo mismo? Tan frecuentemente veíamos materializado el tiempo en las ecuaciones que nos resolvían todos los escritos y nos hacían pasar de año,... Y lo mejor de todo era que, aunque nos parecían muy inútiles, esos ejercicios se verificaban de maravilla (Si se te acababa el tiempo y no te salían, la culpa era tuya porque la ecuación era siempre la misma y tenías todos los datos ahí a la vista. ¡Seguro!)


Así que, con este espíritu iluminista de fe en la ciencia y en su propio raciocinio, la señora comenzó a estudiar las cuadernolas de química, física y biología que aún permanecían en las puertas más altas del placard del cuarto de su aplicado y meticuloso hijo mayor.


El primer paso consistió en reducir los tiempos en el día a día, ya que había perdido ya muchos años lavando pañales de tela y era hora de efectivizar y reducir el tiempo de las tareas domésticas. Para ello, hizo rendir el concepto de “punto de ebullición”, que es la temperatura a la cual una sustancia pasa de su fase líquida a su fase gaseosa a una presión determinada. A mayor presión, mayor es el punto de ebullición porque las moléculas encuentran una mayor resistencia externa para “escaparse” de su fase líquida. Esto le hizo deducir acertadamente que calentar agua para el mate en Potosí (ciudad que por su altura respecto al nivel del mar posee una presión atmosférica menor a la que tenemos en Montevideo) implica mucho menos tiempo porque el punto de ebullición del agua será a una temperatura menor. “¡Estupendo!”, pensó la señora. Y así se mudó con toda su familia para Bolivia (sin olvidar su Silueta Ideal). Todo hubiera resultado mejor si hubiera entendido que hervir no significa calentar si se baja la presión. Las burbujitas nos engañan, el agua del termo está fría, doña. Léalo de vuelta.


Pero eso fue sólo el comienzo de una desquiciada carrera contra el tiempo. Una vez allí se interesó por la cultura inca y decidió buscar en los apuntes de sus hijos alguna pista sobre cómo determinar la edad de los fósiles. Entonces, la sorprendente datación Carbono 14 la impulsó hacia un viaje a Argentina donde logró robarle una vértebra a Mirtha Legrand. Acto seguido realizó los respectivos cálculos de edad. Sin comentarios. Bueno, sólo podría decirse que la señora se sintió muy feliz con sus cómodos 50 pirulos.


A continuación, decidió donar el caminador que se había comprado para su cumpleaños (y que había sido tan difícil de cargar en sus mudanzas). Este desapego fue impulsado por una gran revelación que le dio la física: v = Δx/Δt. La ecuación le permitió comprender la poca utilidad del aparato de gimnasia. Usualmente, la señora corría en él durante 60 segundos (Δt=60s), tiempo que demoraba en caerse del mismo cuando en el mejor de los casos lo hacía hacia delante (Δx=0,30m). Realizando el cociente, descubrió que su velocidad media no superaba los 0,5 centímetros por segundo (valor un tanto desalentador). En consecuencia, decidió que una manera de mejorar su estado físico, aumentando la velocidad y reduciendo el tiempo, sería aumentar su desplazamiento. Así, comprendió que correr el ómnibus le permitía matar dos pájaros de un tiro: desplazarse 100 metros en 30 segundos (v=3,3 m/s) y ganar el tiempo que le hacía perder su impuntualidad para las reuniones laborales. Realmente son asombrosos los centímetros que redujo en tan sólo una semana.


Pero sus nuevos conocimientos se incrementaron aún más. Resultó ser que los glúcidos no eran los que lucen los glúteos, ni los lípidos los que limpian por dentro ni los prótidos los que protegen del pan. La señora comprendió que, en realidad, estos nombrecitos que usualmente aparecen en la tabla nutricional de los alimentos lo único que pretenden es distraer nuestra mirada de la fecha de vencimiento. Porque aunque en laboratorios se pueda especular con los procesos a condiciones de PTN (presión y temperatura normales), lo único que no se puede dejar constante es el tiempo. Así descubrió que los productos bajas calorías también podían ser peligrosos si no eran ingeridos lo más rápido posible. Entonces, la nueva decisión a implementar cambió radicalmente los hábitos alimenticios de la señora, reduciendo el tiempo dedicado a la comida: ya no comía, sino que tragaba suculentas cucharadas que arrasaban con el pack de postrecitos Ser.


Pero la desilusión no tardó en llegar al leer el siguiente apunte al pie de un gráfico en papel milimetrado: “El tiempo va en el eje de abscisas porque es una magnitud independiente”. Así la señora descubrió que había perdido mucho tiempo por culpa del tiempo y se empecinó en buscar alguna ecuación que le fuera indiferente. Así descubrió que las leyes de los gases se basan en los postulados de la teoría cinética. Y estos postulados casualmente suponían que ni las moléculas ni los átomos de los gases tienen masa ni volumen propio. “¡Estupendo!”, pensó nuevamente la señora y, como es imposible expedir un gas más grande que uno mismo, transformó su cuerpo íntegramente gas y vivió muy feliz alrededor de un planeta enano amigo de Plutón, donde se sintió por siempre la péndex del Sistema Solar.

jueves, 12 de abril de 2007

El efecto cáscara de banana

Debo admitir que, como perfeccionista asumida que soy, abrir un blog me genera una serie de incertidumbres que me dificultaron este primer posteo. Sin embargo, inmersa en mi problema patológico de búsqueda de la perfección, me expongo a que usted pueda comentar que mis entradas son una reverenda boludez. Bienvenido al terreno de mis riesgos.

Todo un desafío enfrentar ese miedo al "efecto cáscara de banana" o, para los no tan cartoonfan como yo, "al irrisorio ridículo". Creo que todos entienden que la gran huella que nos dejan nuestras torpezas no se trata únicamente del machucón violeta en nuestro tan preciado trasero. Hay algo peor: la burla, el after banana.


Sin embargo, antes de andar con la cabeza baja mirando el piso en retaguardia, me lanzo sobre la cáscara de cabeza. Sólo así, por medio de sus risas o de su mano para levantarme del piso podré divertirme riéndome de mí. Y si me río de mí, entonces ya está todo dicho: me puedo reír mañana también de usted o de quien se me antoje, porque mis términos de relacionamiento con el mundo ya estarán establecidos. Empiezo este blog con el peor de mis tormentos: un reencuentro con un poema que escribí con 13 años y que en su momento creí lo mejor que había escrito en mi vida. Ocho años después me grito en mi reflejo en la pantalla del monitor: ¡Ilusaaaa!

Sinceramente, no es fascinante darse cuenta de que uno era un ridículo mostrando su gran logro que no era más que un delirio adolescente de convertirse en escritor algún día (y que terminó convirtiéndome hoy en una satisfecha y humilde blogger). Bendita sea mi familia que debió felicitarme leyendo esta basura. Todos unos audaces, porque una vez que recibí su aprobación, no paré de escribir más. Ellos no sabían el mecanismo que estaban activando: la estrella literata nacía en mí. Esta vez estoy acá para darme palo. Dénse cuenta de que soy muy consciente de que todo lo que escriba en este blog a ustedes les va a llevar 5 minutos en odiarlo y a mí probablemente me lleve ocho años más. Son cuestiones de cambio de horario. Imaginen que yo caí en Wonderland y los tiempos del conejo posmoderno que llega tarde a todos lados no son a los que estoy acostumbrada.


¿Sería vida?


Dime tú cómo sería la vida,
si los animales dominaran
y los humanos obedecieran;
si la Tierra no girara,
si el Sol no calentara.


Dime tú cómo sería la vida,
si lo insólito fuera cotidiano
y lo habitual extraño;
si lo utópico fuera realidad
y el futuro el presente.

Dime tú cómo sería la vida,
si todos fuéramos iguales,

si los adultos entendieran,
si los niños enseñaran a mirar
y los colores fueran más.

Dime tú cómo sería la vida,
si el mundo fuera un enorme cuento,
donde el fuego inundara
y el agua quemara,
y las princesas no se salvaran.

Yo no lo sé,
dime tú cómo sería
si la vida no fuera vida;
quizás sería un sueño
.


¡Infameeee! Sé que terminaron de leer el poema solamente para llegar a esta parte, a la crítica perfeccionista destructiva. De verdad y antes que nada, alguien debería darle un buen delete a ese insulso verso repetido una y otra vez al principio de cada estrofa. ¿A quién diablos le hablaba el yo lírico? Claramente, en ese momento de inspiración divina adolescente me pareció muy oportuno crear una charla con un ser místico para desconcertar a las futuras generaciones que estudiarían mi poema en las clases de literatura. Los docentes encontrarían interpretaciones maravillosas, tales como que la poeta Alice había conversado demasiado con el gato demente del bosque o que se sencillamente la chiquilla había tomado demasiadas pastillas.

No voy a entrar en un análisis exhaustivo. Todos los lugares comunes están a la vista en este burdo poema pseudo filosófico. Pongámoslo así: ¿qué diablos hacía yo preguntándome tan llanamente sobre idioteces de la Vida en vez de con 13 años salir a vivirla? Seguramente por eso hasta el día de hoy no tengo amigos en mi querido Jacinto Vera. Ellos jugaban a la pelota entre los ranchos de lata por fuera y por dentro de madera mientras yo divagaba entre cartas de solitario y borradores aún más patéticos que esta versión original. Probablemente ellos se suponían que yo era una freak con delirios huraños de escritora. En fin, se salvaron porque nunca les leí uno de mis poemas.

Todos tenemos historias como ésta. Historias que nos enorgullecían mucho y que ahora las podemos contar con mucha vergüenza. Sentirse bien gil está bueno de vez en cuando. Así que espero anécdotas. Sólo así sus comentarios serán respetados porque sólo aquel que se ríe de sus propios divagues, se puede reír genuinamente de los demás. Sólo aquel que se lanza sobre la cáscara puede luego exigir el rigor de los otros cartoons que andamos delirando por el mundo. Espero sus zambullidas.