jueves, 12 de abril de 2007

El efecto cáscara de banana

Debo admitir que, como perfeccionista asumida que soy, abrir un blog me genera una serie de incertidumbres que me dificultaron este primer posteo. Sin embargo, inmersa en mi problema patológico de búsqueda de la perfección, me expongo a que usted pueda comentar que mis entradas son una reverenda boludez. Bienvenido al terreno de mis riesgos.

Todo un desafío enfrentar ese miedo al "efecto cáscara de banana" o, para los no tan cartoonfan como yo, "al irrisorio ridículo". Creo que todos entienden que la gran huella que nos dejan nuestras torpezas no se trata únicamente del machucón violeta en nuestro tan preciado trasero. Hay algo peor: la burla, el after banana.


Sin embargo, antes de andar con la cabeza baja mirando el piso en retaguardia, me lanzo sobre la cáscara de cabeza. Sólo así, por medio de sus risas o de su mano para levantarme del piso podré divertirme riéndome de mí. Y si me río de mí, entonces ya está todo dicho: me puedo reír mañana también de usted o de quien se me antoje, porque mis términos de relacionamiento con el mundo ya estarán establecidos. Empiezo este blog con el peor de mis tormentos: un reencuentro con un poema que escribí con 13 años y que en su momento creí lo mejor que había escrito en mi vida. Ocho años después me grito en mi reflejo en la pantalla del monitor: ¡Ilusaaaa!

Sinceramente, no es fascinante darse cuenta de que uno era un ridículo mostrando su gran logro que no era más que un delirio adolescente de convertirse en escritor algún día (y que terminó convirtiéndome hoy en una satisfecha y humilde blogger). Bendita sea mi familia que debió felicitarme leyendo esta basura. Todos unos audaces, porque una vez que recibí su aprobación, no paré de escribir más. Ellos no sabían el mecanismo que estaban activando: la estrella literata nacía en mí. Esta vez estoy acá para darme palo. Dénse cuenta de que soy muy consciente de que todo lo que escriba en este blog a ustedes les va a llevar 5 minutos en odiarlo y a mí probablemente me lleve ocho años más. Son cuestiones de cambio de horario. Imaginen que yo caí en Wonderland y los tiempos del conejo posmoderno que llega tarde a todos lados no son a los que estoy acostumbrada.


¿Sería vida?


Dime tú cómo sería la vida,
si los animales dominaran
y los humanos obedecieran;
si la Tierra no girara,
si el Sol no calentara.


Dime tú cómo sería la vida,
si lo insólito fuera cotidiano
y lo habitual extraño;
si lo utópico fuera realidad
y el futuro el presente.

Dime tú cómo sería la vida,
si todos fuéramos iguales,

si los adultos entendieran,
si los niños enseñaran a mirar
y los colores fueran más.

Dime tú cómo sería la vida,
si el mundo fuera un enorme cuento,
donde el fuego inundara
y el agua quemara,
y las princesas no se salvaran.

Yo no lo sé,
dime tú cómo sería
si la vida no fuera vida;
quizás sería un sueño
.


¡Infameeee! Sé que terminaron de leer el poema solamente para llegar a esta parte, a la crítica perfeccionista destructiva. De verdad y antes que nada, alguien debería darle un buen delete a ese insulso verso repetido una y otra vez al principio de cada estrofa. ¿A quién diablos le hablaba el yo lírico? Claramente, en ese momento de inspiración divina adolescente me pareció muy oportuno crear una charla con un ser místico para desconcertar a las futuras generaciones que estudiarían mi poema en las clases de literatura. Los docentes encontrarían interpretaciones maravillosas, tales como que la poeta Alice había conversado demasiado con el gato demente del bosque o que se sencillamente la chiquilla había tomado demasiadas pastillas.

No voy a entrar en un análisis exhaustivo. Todos los lugares comunes están a la vista en este burdo poema pseudo filosófico. Pongámoslo así: ¿qué diablos hacía yo preguntándome tan llanamente sobre idioteces de la Vida en vez de con 13 años salir a vivirla? Seguramente por eso hasta el día de hoy no tengo amigos en mi querido Jacinto Vera. Ellos jugaban a la pelota entre los ranchos de lata por fuera y por dentro de madera mientras yo divagaba entre cartas de solitario y borradores aún más patéticos que esta versión original. Probablemente ellos se suponían que yo era una freak con delirios huraños de escritora. En fin, se salvaron porque nunca les leí uno de mis poemas.

Todos tenemos historias como ésta. Historias que nos enorgullecían mucho y que ahora las podemos contar con mucha vergüenza. Sentirse bien gil está bueno de vez en cuando. Así que espero anécdotas. Sólo así sus comentarios serán respetados porque sólo aquel que se ríe de sus propios divagues, se puede reír genuinamente de los demás. Sólo aquel que se lanza sobre la cáscara puede luego exigir el rigor de los otros cartoons que andamos delirando por el mundo. Espero sus zambullidas.

3 comentarios:

Daniela Couto dijo...

Tiene su mérito: no hay demasiados adolescentes de 13 años que sepan qué quiere decir utópico.

Gabriel Sosa dijo...

Bueno, en fin, he escuchado cosas peores en discos de Samantha Navarro o de Alberto Wolf. No mucho, pero un poco peores.

PéTaLoS dE tIzA dijo...

Creo que está bueno encontrarse con un "yo del pasado" para ver qué cosas cambiaron y en qué cosas seguimos siendo los mismos. Está bueno reírse de uno mismo pero también es lindo ver que alguien cuando tenía 13 años se planteaba cosas que la mayoría que tienen esa edad hoy en día, ni siquiera se cuestionan. Parte de vivir la vida es cuestionarse y buscar respuestas aunque en algunos casos esa búsqueda consista en correr detrás de una utopía.